La aterradora leyenda de La Llorona, el espíritu de la mujer que gime por sus hijos muertos

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Uno de los seres míticos más recurrentes y aterradores del folclor nacional y latinoamericano es la célebre Llorona, el espectro de un alma de una mujer que asesinó o perdió a sus hijos y, condenada a buscarlos eternamente en vano, aterroriza con su escalofriante y estremecedor llanto a todos quienes tienen la mala fortuna de toparse con ella.

Este contrito espíritu femenino del Más Allá tiene sus primeros antecedentes en la América precolombina, pues en la mitología de diversos pueblos prehispánicos aparecen seres femeninos fantasmales que lloran en los ríos y aldeas por diversos motivos. Con la llegada de los españoles, este mito tomaría una forma más definitiva, arraigándose con fuerza en el acervo sobrenatural de varios países del continente.

En México, por ejemplo, se asegura que esta leyenda se remite a algunos siglos atrás, cuando una humilde joven indígena -o mestiza-, tras tener tres hijos con un gallardo caballero español, fue abandonada por éste. El hombre, obnubilado por los oropeles y el lujo de la alta sociedad, se casó con una dama de alta alcurnia y la desesperada madre, dolida por el abandono de su pareja, asesinó a sus tres hijos ahogándolos en un río o apuñalándolos -según cuenta otra versión- para terminar suicidándose debido al desgarrador complejo de culpa. Desde ese día, se asegura, se escucha su lastimoso lamento de dolor en el río donde se quitó la vida y en los alrededores de las comarcas cercanas, donde algunos lugareños aseguran haber visto a una mujer vestida enteramente de blanco, delgada y gimoteando, para luego esfumarse inexplicablemente en las vastas penumbras de la noche.

En Argentina, en tanto, la historia es muy parecida. Allí se asegura que la Llorona era una mujer que mató a sus hijos arrojándolos a un río, por lo que se quitó la vida a causa de los remordimientos. El mito la describe como una mujer alta y delgada, vestida de blanco, a quien no es posible verle la cara ni los pies, de modo que a veces parece flotar en el aire. Suele rondar por los caminos y senderos profiriendo sobrecogedores lamentos que inquietan incluso a los perros. Es considerada un espíritu de malos presagios, ya que puede ocasionar enfermedades a las personas que se topan con ella, empeorar la condición de quienes ya están enfermos o traer desgracias a los seres queridos. En otras versiones aparece como una mujer supuestamente inofensiva que despierta la piedad de sus víctimas y les quita todas sus pertenencias, o como un espíritu femenino vengador que acosa a los hombres maliciosos y trasnochadores y los mata después de darles un gélido abrazo mortal.

El abogado, teólogo y profesor universitario chileno Hugo Zepeda, experto en mitos y temas paranormales, afirma que la Llorona es uno de las leyendas sobrenaturales femeninas más potentes de nuestro país, pues su difusión abarca desde la zona central de Chile hasta los fríos bosques del sur de nuestro país, en la Isla grande de Chiloé. “La Llorona es la expresión del dolor del Más Allá y en la versión nacional, así como en muchos otros países hispanoamericanos, es vista como el espectro o alma en pena de una desconsolada mujer que busca, de manera incansable, a sus hijos que fueron asesinados”.

Nuestra versión criolla define a la Llorona como el espíritu de una obsesiva mujer que habría asesinado a sus dos hijos en un río, celosa del amor que su marido sentía hacia ellos. El hombre, presa del dolor por el nefando crimen, habría matado a la esposa, cuyo espíritu vagaría errante en busca de los hijos que mató. Otra versión la define como una bella mujer que durante un incendio perdió a su pequeño hijo, producto de un amor prohibido por la moral de aquella época. La mujer, destruida por la locura y los recuerdos del infante, terminó sus días recluida en un hospital para dementes, aunque también se afirma que terminó deambulando por los caminos del sur del país, siempre preguntando a los viandantes y lugareños por el paradero de su hijo. Después de morir, esta mujer había sido enterrada en una tumba sin nombre y desde entonces su espíritu vaga por las orillas de los caminos, gimiendo desconsoladamente por el recuerdo de su hijo fallecido.

En el puerto de Valparaíso circula, en tanto, otra versión más particular de La Llorona. Se trataría de una mujer, madre de dos hijos, que trabajaba como camarera en uno de los tantos locales nocturnos del histórico puerto principal, y que una noche quedó embelesada con la llegada de un gallardo cliente, aunque no sospechaba que el recién llegado era nada más ni nada menos que el mismo diablo. La mujer se enamoró perdidamente de él pensando que era un hombre común y corriente, sin saber quién era en realidad, invitándolo a vivir con ella. Un día, al llegar a su casa más tarde de lo usual debido a su trabajo, encontró que el hombre había matado a sus dos retoños. Enloquecida por el dolor, la mujer de inmediato se quitó la vida. Desde entonces la leyenda afirma que puede verse su espectro recorriendo por las noches las calles y cerros de Valparaíso, clamando con una plañidera voz de ultratumba: “¿Dónde están mis hijos?”.

En la isla Grande de Chiloé, tierra de brujos y criaturas inverosímiles, la Llorona es conocida como “La Pucullén” (de la voz indígena “cullén”=lágrima y “pu”=plural), una mujer alta y delgada, de rostro color verde pálido y siempre compungido, de cabellos luengos y erizados, vestido negro y liso como el de una gran mortaja y con un pañuelo negro y fino que siempre cubre su cabeza. Esta presencia sobrenatural suele merodear las casas donde yacen los enfermos graves, pues su fatídica presencia tiene como objeto anunciar a los desfallecientes aquejados su irremediable y pronta muerte, la que suele sobrevenir durante la bajamar, cuando la luna está en menguante.

La Llorona en Chiloé es sólo visible para gente de corta vida, los machis (los chamanes locales) y algunos animales como los perros, que anuncian su cercanía con lastimeros aullidos. El mito afirma que la Pucullén indica el camino que debe recorrer el muerto, desde su precaria y vana morada terrenal hasta el mundo de los espíritus. Y sus lágrimas, formando en el suelo un límpido charco, señalan en los cementerios el lugar exacto donde debe cavarse la fosa para depositar el ataúd del fallecido. La superstición asegura que siempre se debe poner tierra suficiente para cubrir el féretro, pues en caso de faltar, puede acarrear que antes de cumplirse un año muera un familiar del difunto.

El investigador y folclorólogo chileno Oreste Plath, en su obra “Geografía del Mito y Leyendas Chilenos”, cuenta que una variente de la famosa Llorona es la Lola, una misteriosa y tétrica mujer que aparece en la cordillera cuando azota el viento y la tempestad, y que pronuncia a la distancia, con voz quejumbrosa de mujer, el nombre de los viajeros, para atraerlos a los precipicios y las quebradas. “Su nombre proviene de una palabra india que significa “Tierra Muerta”. Es descrita como una mujer de gesto insinuante y voz melodiosa que invita a los incautos viajeros y excursionistas a acercarse a los desfiladeros y precipicios, muriendo así victimas de su credulidad, por lo que es temida por los campesinos, arrieros, cabreros y baqueanos de la cordillera, y por los pampinos, cateadores, mineros y pirquineros. También se la describe como una mujer que con voz de sirena o lastimeros gemidos, agazapada entre los altos riscos o tras los sombríos boldos y maitenes del sendero, salta de improviso a la grupa de las cabalgaduras, espantándolas con su frío contacto y precipitando al jinete al fondo del abismo. Otra versión de la zona central afirma que habita en el rio Mapocho, en las inmediaciones de Vitacura, y llora por las noches con una lastimera voz de mujer”.

Hector Fuentes (guioteca.com)

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